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COVID-19: ¿Cuáles serán las primeras vacunas disponibles?

Las vacunas de vector viral y RNAm parecen ser las que alcanzarán mayores niveles de producción.

La vacunación ha reducido con éxito el impacto de enfermedades graves como polio, influenza, sarampión, varicela y hepatitis A y B, entre otras. Las vacunas tradicionales consisten en un antígeno, que es una proteína u otra parte de un patógeno, o el patógeno completo inactivado o atenuado para que no cause enfermedad. Según el tipo de antígeno, puede ser necesario el agregado de adyuvantes adecuados estimular la respuesta del sistema inmune y hacer efectiva la vacuna.

Las vacunas que se están ensayando en la lucha contra el SARS-CoV-2 utilizan varias plataformas: nanopartículas de proteína recombinante del virus, partículas proteicas semejantes al virus, pero sin genoma (Virus-like-particle/VLP), subunidades proteicas del virus, virus inactivado, virus vivo atenuado, un adenovirus inocuo como vector que contiene parte del genoma viral, RNAm (mensajero) o DNA que codifican proteínas del virus, y un virus vector de influenza.  Las más nuevas son las que utilizan un vector viral no patógeno, o directamente el material genético del virus (ADN o ARNm), lo que hace que las propias células del receptor de la vacuna produzcan el antígeno. Los adyuvantes son un componente muy importante en algunas formulaciones, muchas veces protegidos por patentes.

El desarrollo de varias de estas vacunas está financiado por CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovations), una fundación que recibe donaciones de organizaciones públicas, privadas, filantrópicas y de la sociedad civil, y por BARDA (Biomedical Advanced Research and Development Authority), una oficina del Department of Health and Human Services de EE.UU.  

Por otra parte, algunas de las vacunas en desarrollo están dentro del programa Operation Warp Speed (OWS) de EE. UU. OWS es un programa de inversión con componentes del Department of Health and Human Services (HHS), incluidos los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), los National Institutes of Health (NIH), la Biomedical Advanced Research and Development Authority (BARDA), y el Department of Defense (DoD).

Uno de los objetivos del OWS ​​es producir y administrar 300 millones de dosis de vacunas seguras y eficaces en EE. UU., con las dosis iniciales disponibles para enero de 2021, como parte de una estrategia más amplia para acelerar el desarrollo, la fabricación y la distribución de vacunas, terapias y diagnósticos COVID-19 (conocidos colectivamente como contramedidas).

El aporte de OWS al desarrollo de las vacunas COVID-19 ha incluido, hasta ahora, las vacunas candidatas de Johnson & Johnson (Janssen) (vector adenovirus), Moderna (RNAm), AstraZeneca/Oxford (vector adenovirus), Novavax (nanopartículas proteicas), Pfizer (RNAm), y Sanofi/ GlaxoSmithKline’s (GSK) (subunidades proteicas).

Como parte de la operación OWS se han hecho inversiones en la capacidad de manufactura mientras las vacunas candidatas están en desarrollo, la que se utilizará para cualquier vacuna que finalmente tenga éxito. OWS y sus socios privados están desarrollando un plan para entregar un producto seguro y efectivo a los estadounidenses de la manera más rápida y confiable posible.

El mayor volumen de dosis disponibles a partir del cuarto trimestre 2020, si son aprobadas, pareciera corresponder a la candidata de AstraZeneca, seguida por Pfizer/BioNTech, Moderna y Novavax. Los principales países manufactureros serían India, EE. UU., la Unión Europea, China y Japón.

En el mejor de los casos, veremos la producción a baja escala de una vacuna contra el SARS-CoV-2 para el último trimestre del 2020, que probablemente se reservará para los trabajadores esenciales y de primera línea y tal vez algunas poblaciones vulnerables, seguida de una producción a gran escala para la población más amplia en la primera mitad de 2021.

Una vacuna contra el SARS-CoV-2 podría brindar una protección duradera o podría ser necesario administrarla periódicamente para reforzar la inmunidad, pero es poco probable que el virus mute desde la primera generación de vacunas como lo hace la gripe cada año, debido a la estructura de su genoma que lo hace menos vulnerable a las mutaciones y reordenamientos genéticos.

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